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Consumidores finales: Segunda parte

¿Comportamientos inapropiados?

Somos una sociedad muy compleja. Lo interesante de esto es que los historiadores del futuro no sabrán en qué segmento ubicarnos y mucho menos comprender algunas situaciones de nuestro comportamiento.

Tenemos gustos refinados cuando recién cobramos el sueldo. Vamos a los sitios de grandes superficies (preciosos por cierto); con una inmensa variedad de cosas instándonos a que compremos. Y lo hacemos. Total lo pagamos en 18 cuotas, no cobran interés, o 70% de descuento, o el 30% y así sucesivamente se acumulan las promociones en cada vidriera o góndola de nuestro paseo. ¡Espectacular! ¡Y los patios de comida! ¡Y los shoppings!! ¡Hay que venir aquí porque hay de todo lo que se te ocurra!!! No hay que comprar en el pueblo… ¡Esto es vida!!

Las tarjetas calientes se estiran como chicles. Cuando llegan los resúmenes nos acordamos que todavía estamos pagando el lavarropas, o el televisor de la Navidad de hace casi dos años anteriores, la consola del video juego, o el regalo del día de la madre… la fiesta del nene… y comenzamos a abonar los mínimos… Luego la deuda crece porque no leemos la letra chica.

Faltan quince días para cobrar y estamos lo que se dice vulgarmente “secos”, o mejor dicho, con el bolsillo agonizante y comenzamos a posponer los pagos de los servicios menos indispensables. No queda saldo en el cajero por más que lo pateemos. Y allí nuestro gusto “refinado” por las grandes superficies comienza a decaer y sacamos cuentas lo que hay que gastar en combustible y peajes para ir a esos lugares soñados, entonces, descendemos de nuestro castillo de naipes y empezamos a comprar lo esencial en nuestro lugar de origen. Y sucede lo inevitable: terminamos adquiriendo algo en un comercio donde jamás vamos. O lo hacemos cuando estamos sin un centavo.

Y allí empieza las célebres frases: “te traigo después lo que me falta…” o, “me olvidé la billetera; salí sin plata…” “¿me fiás dos metros de tanza?” “Después te alcanzo, no sabía que esto costaba TAN CARO…”

Y colorín colorado, los comerciantes tenemos talonarios llenos de restos de deudas acumuladas a través de los años por clientes ocasionales, algunos vecinos, que jamás volvieron a pagar sus “fiados”. Porque ponen la excusa perfecta. “Allí atienden mal. Nunca hay lo que busco. Son unos careros. Me salió malo lo que compré. Cierran temprano…” Aunque alguna de estas cosas pueda suceder, las deudas se deben abonar. Es parte de la ética.

Cada uno elige dónde gastar su dinero. Para eso es un ciudadano libre. Pero ciertas actitudes de algunos individuos provocan un agotamiento inimaginable para el vendedor, que quizás el que realmente necesita, reciba un inmerecido “no se fía, sólo con tarjetas”.

Hasta la próxima!