Consumidores finales ¿cómo somos?
Primera Parte.
Estas líneas son simples puntos de vista: nacen de observaciones propias y de otros tratándolas de encausarlas a la realidad de nuestro comportamiento.
Varias veces me han dicho, “¿por qué en Cañuelas todo es más caro?”, tal repuesto, tal objeto, muebles, herramientas y lo que se les ocurra. Y me nace decir, “aquí hay muchos gastos de logística, en fletes, combustible, alquileres, variedad de stocks, impuestos nacionales, provinciales, municipales, seguros…”, y los cientos de etcéteras que todos no conocen. Pero también es cierto que las personas comparan comercios legales con ilegales. Especialmente en las plataformas digitales, (donde no hay ningún tipo de control a la vista).
Grandes marcas como de ropa, anteojos, relojes y zapatillas padecen la imitación de sus marcas mundialmente. Cada segmento del mercado sea de autos, motos, electrodomésticos, telefonía, jabones para ropa, herramientas, computadoras, repuestos, etc. está afectada por el “chorreo”, desde una pequeña escala hasta lo más inimaginable. Aquí hay dos cosas elementales: complicidad del comprador (aunque no sepa que es robado, pero lo ve que es una ganga); y un estado ausente en todas sus formas. Un estado que ni siquiera se toma la molestia en prevenir, disuadir (aplicando leyes para que aquí no ocurra), y mucho menos dar el ejemplo de que la justicia funciona a pleno.
Cuando miramos publicaciones en diferentes páginas de comercios reales, los precios de un artículo pueden variar en más menos 5% del precio al público de un lugar a otro. Siempre hay una diferencia dependiendo la fecha de compra, el volumen o la cantidad de stock excedente. Pero si un teléfono cuesta en todos lados más / menos $50.000 y te lo venden a 10.000… Esa no es una oferta legal, porque nadie tiene esos márgenes de ganancias descomunales. Salvo que sea un comercio “legal” para lavar dinero. Pero ese es otro tema.
Vamos a lo simple: si el teléfono ronda en $50.000 y lo compramos a 10.000, entonces, estamos comprando algo robado. Con nuestra economía en bancarrota nos dolería pagar un teléfono 50.000 pesos, por supuesto. Pero más nos dolería cuando alguien un día nos lo quita y vemos nuestro teléfono que aún no terminamos de pagar las 18 cuotas está a la venta en alguna red social, porque lo reconocés, está cerca en tu zona. Al igual que una bicicleta, o cualquier cosa de moda vendible.
Es verdad que no nos corresponde a nosotros “controlar”. Pero hagámoslo como cuando miramos el vencimiento de un producto en la góndola del supermercado. Si contribuimos a mantener el negocio del “robo”, esto jamás se detendrá porque la complicidad fluye por la mayoría de los competentes.
“¡Pero no tenemos plata!” No lo compremos. Si cuarenta y cinco millones de personas actuamos de esa manera, habremos contribuidos a que no se “molesten” porque no hay más compradores.
Poco a poco, más Pymes van cerrando, van perdiendo buena parte de sus ingresos y muchas, casi no se pueden sostener para cubrir los gastos. Recuerden que hay alrededor de 167 impuestos en este país.
Nosotros, como consumidores finales, deberíamos ser más responsables a la hora de elegir y especialmente en qué lugar habilitado comprar. (Por cada local habilitado, hay 15 a su alrededor que no lo están) y nos encontramos con cadenas de frío alteradas, manipulación de alimentos, sin las condiciones mínimas de higiene y ni hablar de barbijos y sanitizantes. Total no pasa nada porque no figuran. NADIE CONTROLA. Van a inspeccionar a los contribuyentes que tienen el cartel en la puerta de la Afip, haciendo caso omiso al que vende comida llena de moscas y fiambre podrido. Ni hablemos de los que expenden bebidas alcohólicas…
Al menos, cada vez que compremos algo extremadamente económico, preguntémonos, ¿qué pasará cuando ya no queden fábricas, locales, distribuidores, comercios y haya miles de personas más en la calle? ¿Qué nos deparará el futuro si mantenemos este comportamiento? Pensémoslo.
Hasta la próxima!