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Competencia desleal: Segunda parte

El consumidor final, ¿es cómplice?

En la nota anterior escribíamos sobre como perdimos la ética, los valores y el sentido común en nuestra sociedad.

Como a consecuencia del no hacer, del no actuar, seguimos involucionando. Supongamos una zona comercial concurrida, donde hay varios comercios habilitados a la calle, cumpliendo con todas las normativas vigentes. Venta de indumentaria, calzado, carteras, perfumerías, almacenes, etc. etc. En su misma vereda, ocupando espacio público, personas vendiendo objetos similares, prendas, bijou, anteojos, bolsos, etc. etc. Sin cumplir con ninguna disposición vigente. Sin facturas de compra ni de venta, sin habilitación, sin posnet, sin el cartel en la puerta que debes poner de la AFIP, donde figura los datos de la empresa, en un código QR, (porque no tienen local, ni seguros, ni matafuegos, ni planos, ni carteles, ni registradora fiscal, ni empleados en blanco, no pagan tasas, Ingresos Brutos, Impuestos a las ganancias, a los bienes personales, alquileres, fletes, impuestos nacionales y provinciales, ni contadores) y una cantidad infinita de “ni” más, según el rubro a que pertenezcan.

Ustedes dirán: Los que están en la vereda tienen derecho a trabajar. Por supuesto. Ambos tienen los mismos derechos y obligaciones. Pero ese asunto dejémoslo a los que lo debieron resolverlo hace muchísimo tiempo, el estado. Veamos que hacemos nosotros como consumidores finales.

Supongamos que compramos una remera en la vereda. La adquirimos ahí porque está más barata que en el local y nosotros andamos con lo justo en el bolsillo. Pues bien. Ayudás al Sr. que te la vende a sostener a su flia., a los trabajadores que están en negro en talleres clandestinos y no tienen aportes ni pagan impuestos. Tampoco obra social alguna. Esos trabajadores van a tener 70 años y serán esclavos de un estado para que los asista en la miseria, desde luego, con nuestro dinero.

¿Qué pasaría si lo comprásemos en el local habilitado? El estado se lleva su tajada de un 60% promedio, y el verdadero fabricante seguiría produciendo. Del 40% restante subsisten los del local, sus empleados, los vendedores, los distribuidores, fleteros, fabricantes, tejedores, hilanderos, talleres, diseñadores, publicistas, el estado y sus dependencias, los gasistas, cerrajeros, vidrieros, plomeros, pintores, obras sociales, importadores y una larga cadena de intermediarios necesarios que forman esa rueda.

Suponiendo que todo funcione, nuestro pequeño aporte de una prenda, contribuiría a que todos podamos ir a un hospital y que allí no faltase nada. Y especialmente el personal de salud tenga un alto ingreso como el resto.

Así el señor que nos vendió en la calle esa remera más barata, pueda tener su local, o empleo digno. Además se pueda atender en un hospital público o privado aunque no tenga obra social. Y el dueño del comercio, dejaría de tener esas ganas enormes de poner junto al cartel de Afip, otro grande que diga: IDIOTA.

Todo tiene que ver con todo. Un estado inoperante nos lleva a que los valores, la ética y la pérdida de sentido común, nos salgamos del sendero.

Ustedes dirán, ¡pero los comerciantes no son santos…! Claro que no. Para eso existen las diferentes áreas de control. Para eso están y para ello cobran dinero que sale de nuestros impuestos. Sólo debemos aprender a pensar con la cabeza, además de con el bolsillo.

Hasta la próxima!