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Competencia desleal

Primera parte. ¿Lo es o no?

Analizar la competencia desleal en nuestro país es algo demasiado complejo para explicarlo con pocas palabras.

No es lo mismo una competencia comercial digna, donde cada uno de los “jugadores” respeta las normativas pero especialmente respeta a su competidor y a su aliado.

Si queremos desglosar este hecho, deberíamos conocer términos como ética, moral, valores, sociedad, dignidad, responsabilidad y sobre todo, sentido común.

En este caso, lamentablemente son prácticas que han quedado ausentes en nuestra vida cotidiana. La ética, los valores y la responsabilidad han sido arrasadas, (comenzando desde quienes debieran interceder por el bienestar común de una sociedad, el estado), la deslealtad y el no me importa cómo o de qué manera logro mis metas.

Las multinacionales, los grandes mayoristas, algunos fabricantes y muchísimos distribuidores, han perdido buena parte de esa ética. Sus políticas para sostenerse en esta pésima economía que pende siempre de un hilo, sin perspectiva para nadie, siempre aferrados al abismo, han movido el tablero básico de todos los tiempos; y decidieron salir a vender a todos, como sea, al costo que sea.

Los que estamos detrás de un mostrador, percibimos más rápidos determinados cambios en el comportamiento de la llamada “lealtad comercial”. Para hacer un ejemplo sencillo, antes, el fabricante le vendía al mayorista/distribuidor, el distribuidor al comerciante. El producto salía de la fábrica con un precio, y traspasaba toda la cadena de distribuidores hasta llegar al consumidor final, con la pila de impuestos que se repetía y repite una y otra vez. Hasta algunos llegaron a ser representantes “exclusivos” de determinada marca.

Hoy en día cualquier persona con cierto contacto o un poco de poder adquisitivo, vende todas las marcas, o le permiten otra franquicia a pocas cuadras de otra de la misma firma.

Sí que los tiempos han cambiado. El fabricante vende directo al público más barato. El mayorista le vende al consumidor final sin restricciones al mismo precio o en ocasiones mucho menos que al que le vende al comerciante, o el fabricante al distribuidor. Nefasto.

Un ejemplo clásico es como los kiosqueros deben tolerar que después de tantos años de comercializar los productos de determinadas golosinas, el fabricante se lo venda directamente al público por intermedio de una tienda virtual. ¿Quién lo diría no? O que una farmacia venda golosinas. (Pero el kiosquero no puede vender medicamentos). Allí también se perdió la ética. Pero que nadie diga “lo venden por caja”. Sí. Perfecto. ¿Pero el precio es el mismo que vende el kiosquero, que vende por unidad y paga tasas e impuestos, alquileres y todos los etcéteras que conocemos?

Las multinacionales o pymes crecieron a lo largo de los años, en buena parte gracias a la cantidad de horas que dedica un trabajador para atender su kiosco, despensa, supermercado o lo que fuese, para revender y así formar un eslabón del que hablamos en el párrafo anterior. (Obviamente a la capacidad de cada empresa, que en este artículo no está en discusión). Después de tantos años de que cada uno en su comercio pasara cientos de crisis y pocos años buenos, aquellos pequeños fabricantes que ya se hicieron gigantes, cambiaron de juego y apuestan a las tecnologías, (plataformas, redes, etc; etc.), perjudicando o no (eso se verá con el transcurso del tiempo) al que lo acompañó a crecer. Desde este punto de vista, sobresale la inequidad, la falta de idiosincrasia podríamos llamarle, de las que hoy son grandes empresas.

Pero no nos olvidemos de alguien muy especial en todo esto, quizás el promotor: El consumidor final.

El consumidor final también ha cambiado su perspectiva y su manera de comprar. (Probablemente hablemos de ello en otro apartado).

Él también es parte de la rotura de este tablero. Del mismo modo que lo es la apabullante tecnología que cambia cada vez que parpadeamos.

Tomé un ejemplo del kiosquero, porque es el que más conocemos, pero cabe para la mayoría de los rubros, (colchones, pinturas, herramientas, adhesivos y lubricantes) entre otros cientos.

¿La excusa será en verdad la Pandemia? ¿La cantidad de comercios cerrados? ¿La falta de ventas? ¿El poder sostener la cantidad importante de empleados? ¿El poder mantener los costos de las fábricas? ¿El cierre de las exportaciones? ¿La cantidad de deudas contraídas que tendrá cada organización? ¿El miedo a que la competencia lo haga primero? ¿O acaso el temor a que más grande eres más rápido caes? Es un tema demasiado complejo e infinito y difícilmente encontremos a un CEO que lo explique porque probablemente haya olvidado aquellas palabras que mencionamos al principio: valores, dignidad, sentido común, responsabilidad.

Quizás estemos dentro de una ebullición de nuevas formas de “convivencias” comerciales; donde la palabra ética quedará ocupando un espacio en un renglón del diccionario y no en la calle, donde debe estar y permanecer porque al fin y al cabo, como dijo un conocido mío, el Rey y el Peón, cuando terminan el juego van a parar a la misma caja de madera.

Hasta la próxima!